Historia de una relación tóxica cualquiera


Relaciones tóxicas

Relaciones tóxicas. Apareció una tarde de noviembre. No entró en el curso, pero esperaba fuera. Me había visto la tarde anterior y me ofrecía un café.

Se mostró como un pobre calimero, derrochando simpatía y empatía. Tenía tantas ganas de enamorarme, y era un momento débil. No vi más allá de un porte físico, su estatus, sus ganas de enamorar…

Y magnifiqué sus intenciones, le encumbré y le subí a un pedestal. Me encandiló y me enamoré, como vulgarmente se dice “hasta las trancas”. Un amor tóxico me dijo mi gran amigo en aquel entonces. No, dije yo, esta vez es de verdad.

Rosa Maestro @rmaestrom @Masola_Org

Le siguieron más cafés y los jugueteos a una falsa sinceridad. No desapareceré, estoy tan a gusto contigo, nunca me he sentido tan bien al lado de una persona, dijo antes de salir del salón de mi casa aquella tarde.

Y me enamoré más. Me fue haciendo cómplice en pocos días de su tristeza, de su apatía, de su dolor sentimental.

Dos tardes más sonó el teléfono. “Estoy casado, dijo, pero me vuelves loco”. Ya era tarde. Supo hacerlo y con solo su presencia el cuerpo entero me temblaba. Y me hice aún más cómplice de su inestabilidad emocional.

Se sucedieron llamadas a cualquier hora del día, horas en las que recorría la ciudad en busca de una de esas cabinas telefónicas que en los años noventa eran parte de las calles de Madrid.

Amaneceres tocando a mi puerta, horas y horas de pasión, y también de dolor, culpabilidad, y grandes periodos de silencio. Yo fui cómplice de su secreto hasta la justificación.

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Pasaron los años, al mismo ritmo que crecían las mentiras. Y también momentos de fuga coincidentes con periodos vacacionales. Y luego, las disculpas, los perdones, por todo lo que le dolía, por todo lo que me dolía.

Encuentros en mi casa, en hoteles,  siempre a escondidas. Oculta siempre entre las sábanas teñidas de mentiras de su lecho, mentira tras mentira.

Cómplice me hizo y enamorada su complicidad acepté. Momentos de desprecios a ella y a mí, que el amor tapa y lo que es peor justifica. Más huidas, más reencuentros, más silencios.

Un día llegó mi embarazo, sin él. Si no era hombre, ¿cómo iba a ser padre? Una hija fruto de la elección de un donante anónimo. Me convertí en una orgullosa mamá sola por elección, gracias a la semilla del desconocido donante.

La mejor decisión de mi vida, sin mentiras. Un deseo maternal que por primera vez me situaba en la verdad, en la verdad de mi vida. Una hija fruto de un deseo real, de un amor real, el mío conmigo misma y no de un amor tóxico.

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Un embarazo que dio rienda suelta al amor por el desamor. La indiferencia llamaba por primera vez a mi puerta. El disfrute solo del cuerpo por el cuerpo.

Le siguieron sus primeros “te quiero” sin querer. Más excusas y mi huida hacia la nada, hacía un corazón ya sin quererle, aunque me costase tanto tiempo reconocerlo, por culpa de seguir enamorada del amor.

“No estoy bien, no soy feliz” repetía, no sé ser feliz, no sé valorar la vida, no sé querer. Y una felicidad materna que abrieron los ojos a más indiferencia en mi corazón.

Pero mi enganche a enamorarme del amor, a no creer que encontraría nada mejor, hizo que permaneciese, que me conformase en la indiferencia y en la rabia arrastrada.

Hasta que llegó el día en que mi silencio fue más profundo.

Dejé de escuchar su dolor por sus partes más íntimas arrastradas por los suelos, como cuán vulgar cobarde. Y me fui, despacio, sin decir nada. Quería volver a ser madre y no le quería a mi lado. Presentía su huida, presentía que ya no éramos dos, sino tres.

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Unos meses y una llamada. “No me he muerto, necesitaba desconectar”, dijo. Y entonces callé, y lo hice por mucho tiempo, y desaparecí en el tiempo y en el espacio.

Dos años duró ese no estar, dos años duros pero serenos y de nuevo un momento débil en mi vida. Una hija que me espera, un país que me atrapa, un avión que no despega y … un mensaje: “estoy aquí, me he separado”. ¿por qué los cojones arrastrados de un cobarde siempre llegan en el momento débil de una mujer?

Un regreso, a la amistad dijo. Pero no era así. El pobre calimero seguía sin darme mi sitio, el que siempre me hubo de dar. Noches de mensajes, de escucharle su dolor, su falta de felicidad, sus sentimientos de no valer nada, de ser un cobarde, un inmaduro, un inconstante, un inestable…

Hasta que una noche volvió a despuntar su falsa amistad:  ¡puedes utilizarme como hombre cuando quieras, no te lo reprocharía! Y empieza el gallo a conquistar a la gallina con su falsa ayuda, con su falso estar allí… pero ¡ojo! Que no descubran que un día fornicó conmigo como un loco porque el falso pobre calimero quedaría al descubierto.

¿Cómo pudo perderse de nuevo este tonto a medias entre mis pechos?

De pronto… “lo siento, ya no te quiero” y una comienza a navegar de nuevo sin rumbo, a la deriva… pero mantengamos esta amistad porque eres la mejor persona del mundo, y me encanta hablar contigo, me trasmites paz y me ayudas.

El amor en el olvido, el sexo en el asco y aún así ¿cómo puede ser una mujer, como pude ser tan idiota y estar tan ciega? ¿Hay otra, pregunté?

No, no puedo estar con nadie, no me quiero ni a mí mismo. Y cae en mis manos un teléfono y el deseo de saber y ahí están… viendo pasar el tiempo… los mensajes de las demás.

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No éramos dos, éramos tres, ¡pero qué va!, éramos cinco, éramos seis…no sé ni las que éramos. Lo que no entiendo es porque no me hicieron descuento en el dolor por amor numeroso.

Eso fue antes de reencontrarme contigo, una ofuscación, créeme no fue nada….sigamos siendo amigos, jamás te mentí. Ayúdame! Y he aquí la buena samaritana sin amor, sin deseo, sin pasión arrastrando hacía la felicidad al amigo, por aquello que un día sintió, por su lealtad, por su sinceridad, por no haberme mentido nunca, por ser su cómplice.

Un año arrastrándole a los psicólogos, a su felicidad… ¿un trastornado?, ¿un caradura?, ¿un infeliz?…un año en el que ni siquiera me dio mi sitio como amiga, me siguió ocultando, viviendo tal y como él vive… en la mentira, no fuesen a descubrir quién fui yo en verdad.

Un año en el que cada acercamiento se sucedía de un nuevo alejamiento… a sufrir su dolor, decía.

El presentimiento me llevó a descubrir la traición ya no al amor, sino a la amiga, a la mejor persona que se cruzo en su vida, a la persona que más le ayudó, le apoyó, le quiso…

Un viaje con dos nombres, el suyo y el de la ofuscación. !Cobarde!, conmigo solo hay un requisito: decir la verdad, vivir en la verdad.

Jamás tantos insultos fueron dichos en tan poco tiempo, jamás tanta rabia fue gritada sin compasión, jamás tantas verdades sin miedo fueron dichas por mi boca…

Ni siquera me negó tres veces como Pedro, lo hizo mil. “Es una relación intermitente y no quería hacerte daño”. Otra intermitente de cinco años, pobre y aún sin saber con el “cojones arrastrados” que ha tenido la mala suerte de tropezar.

Toda la verdad en dos horas: las mentiras,  todos los nombres, como en un plato de espaguetis… poniéndole cara a todas, a todos. Mujeres, dolidas, resentidas, desengañadas, llorosas, descreídas….todas eran una y una eran todas.

La traición del amigo que me utilizó duele el doble que la del amor. Pero cura antes, mucho antes. Dos días y jamás existió. Celebré su entierro y le dí el pésame a la siguiente víctima del difunto en vida sin que ella lo supiese….

El amor es ciego y tendrá que quitarse la venda ella sola. Espero que no tarde tanto como yo. “Yo no tengo amigos me dijo un día”. Quién más pierde no es a quien se dañó, sino quien hizo el daño.

Segunda década del siglo XXI, y ahí anda por la calle, un pobre “cojones arrastrados”, sin haber aprendido a valorar la verdad, lo que es de verdad. No es más pobre quien más daño recibe, sino quien más daño hace.

Ayer entro ensimismada mi hija por la puerta de casa y mientras dejaba sobre la mesa sus libros me decía… “Mamá, he cortado con Pablo” ¿Y eso? “La semana pasada mientras yo estaba con gripe en casa le hizo morritos a mi mejor amiga y le dijo que me había pedido salir para hacerme feliz”.

¿Un cigarro, por favor, pensé? Pero si dejé de fumar hace mucho. ¿Y cómo estás cariño?, le pregunté. “Muy bien mamá porque Pablo es guapo de “y me señala con su mano su rostro”, pero muy feo de “y me señala con su mano el corazón”… “Luego vino a pedirme perdón”. ¿Y le perdonaste?, pregunté…

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“Noooooo, como tú siempre me dices quien no es de veinte, no es de treinta, ni de cuarenta ni de cincuenta… pues eso, quien no es de doce, ni es de veinte, ni de treinta ni de cuarenta… que le den por eso que dices que no hay que decir”. Tengo hambre, ¿comemos mami?

Lloré y lloré de alivio y satisfacción. Había aprendido de mis relaciones tóxicas. Un aprendizaje que no pude disfrutar en mí, pero sí en lo que más amo en esta vida, en los seres que más deseo que disfruten de relaciones sanas, mis hijas. Que se equivoquen pero no tanto.

Cerré la puerta del avión con fuerza y le di la bienvenida a este nuevo viaje en mi vida: “Nos vamos de vacaciones, al país de las relaciones sanas”

Autor: Rosa Maestro

Periodista, comunicadora, madre sin pareja con donante de esperma y por adopción internacional, fundadora de la web masola.org y autora de los cuentos infantiles #reproducciónasistida "Cloe quiere ser mamá..", "Nora y Zoe, dos mamás para un bebé" y "Lucía y e cofre mágico de la familia".

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