Desamor carnal y amor maternal, claves para un buen cóctel de ataraxia

Mujeres sin pareja felices Ya no voy a cambiar una vez más por nada

Mujeres sin pareja felices. Acechando los cincuenta y dos hijas. Ese es mi carne de identidad actual. Y a estas alturas de una vida nada al uso, muchas me preguntan… ¿Existe el amor después de amar?, ¿Y de amamantar?, ¿Y de criar? … en soledad…

Por Rosa Maestro @Masola_Org @rmaestrom

Lo primero que se me viene a la mente es sí claro; luego, sí claro, igual que antes; y, por último, ¿es que alguna vez hubo amor?

Cuando echo la vista atrás e intento imaginarme tal y como era a los veinte años me descubro locamente enamorada, y luego me pregunto, ¿enamorada, realmente estuve enamorada? La respuesta va a ser que no, porque siempre me costó aceptar un no por respuesta y admitir que  no fue de él de quien me enamoré sino de su libertad, de su locura voraz por la vida, de su sinvergüencería y poder hacer lo que bien le venía en gana… algo que deseaba para mi vida.

Y ese no aceptar que a veces la vida o el amor no es como una desea, o como una se lo imaginó, como una lo leyó o lo soñó, me llevó, seguramente, a ese desequilibrio emocional, a esos estados de ansiedad perpetua, de desanimo y de lucha por un imposible.., e incluso a soportar situaciones que la propia dignidad del ser  rechazaría. Momentos álgidos de exaltación acompañados de la triste soledad de no sentirse amada como una quisiese, de no ser la princesa a la que tanto daño hicieron los cuentos de hadas.

Le siguieron más amores o desamores, algunos que pasaron como muescas en un calendario, otros disfrazados de canallas apasionados que no dejaron el recuerdo ni tan siquiera de su nombre, tan fugaces como para ni recordarles… y sí, mucho autoengaño.

Siempre creyendo haber encontrado el amor de mi vida, el hombre de mi vida…encubriendo todo aquello que en verdad era, para admirar todo aquello que no era, perseguida por el fantasma de la soledad, por la envidia del amor vivido de una amiga, por el deseo frustrado de crear una familia, por ese vestido de novia siempre colgado en un armario, amarillento de tanto esperar y que con la llegada de cada nuevo amor, sacaba para volver a lucir el blanco de sus encajes y volantes al sol. Un vestido que nunca quise vestir, al menos con él, al menos con ellos.

Años de creer amar a alguien cuando de lo que verdaderamente estaba enamorada era del amor, esperando ser una de esas pocas afortunadas que pasan por la vida habiéndolo conocido, cuando el duende amor toca en la puerta de solo unas pocas elegidas… El otro amor, el duende de la costumbre, el del acomodo, el del cariño, el del amigo, el de la compañía, el del autoengaño, el del miedo a la soledad,… ese, ese amor es el que llama al resto de las puertas, al de las muchas que no fueron las elegidas, entre las que siempre estuve yo.

Y una buena mañana de otoño, mientras espero que él o ellos abandonen las sábanas de mi lecho para no volver jamás a ellas, observo el  el reloj biológico de cabecero, descolgando mis años, días, horas, minutos que me quedan para ser madre. Y miro a mi alrededor. Ninguno fue capaz de llenarme, ni siquiera de satisfacerme. Y en esa insatisfacción perpetua, en esa infelicidad constante,  pase por convertirme en la amante, amiga, madre y hasta psicóloga, olvidándome del amor más grande, del que me llenaría: de mi amor por mí.

Nunca le amé, ni a él ni a ellos, amé lo que me imaginé que era, lo que me creí que eran y que nunca fueron. Y un día el reloj biológico se descolgó del todo y me despertó con el deseo incumplido de ser madre mientras buscaba el hombre de mi vida. Pero me despertó tan bruscamente que dijo: “Hasta aquí hemos llegado, tú y tu amor por el desamor”.

Y quise ser madre sola, y dar todo el amor que llevaba dentro a un ser diminuto, al que no le pedía nada a cambio…Y el ser diminuto creció y regresé a la idea de querer volver a repartir mi amor… pero de nuevo en el reparto me olvidaba de darme a mí misma esa buena ración de amor que tanto necesitaba y que, desde hacía tanto tiempo estaba deseando que llegase a mi vida.Y sin darme cuenta, querer a mi ser diminuto que nació de mí y luego a mi otro ser diminuto que nació para mí, y los momentos solitarios en la maternidad, dieron paso a estar más tiempo con mi otro yo, el interno, y empezar a preocuparme menos por el externo.

Después de tanto tiempo de vida, comencé a conocerme, comencé a saber quién era y lo que quería, comencé a quererme, y a quererme cada día más, a valorarme, a sentirme y a disfrutarme. Comencé a amar de verdad y lo de verdad: la vida, la risa, el sol, el agua, y ese cafetito al calor de un banco en un parque cualquiera en otoño… me dí cuenta de que las estaciones existían, de que el otoño era hermoso, el invierno también, la primavera inimaginable y el verano el que más…Y descubrí mi amor por la serenidad, por la tranquilidad, por el equilibrio emocional….Era feliz, y no con él, ni con ellos, sino conmigo.

Y así, a medida que mi desamor por el amor de él o de ellos decrecía, mi amor por mí crecía tanto que llegó convertirse en la ataraxia de después del amor. La ataraxia que llegó después de descubrir y mostrar mis heridas.

Casi con cincuenta años e inmensamente feliz, y con un gran amor: la tranquilidad del ánimo, el sosiego, la paz… La calma llegó para hacerme ver que jamás amé, no al menos a quien creí que amaba; para hacerme ver lo lejos que siempre estuve de la palabra amor.

Me basto quererme a mi mí misma para no necesitarle, para ser libre, para no apoyarme en esa mano que jamás me dio en mi caminar; me basto para darme el impulso yo sola, para no sentir si va o viene, si se acerca o se aleja, si está o deja de estar, porque ahora es a mí a quien quiero quererme,  ahora es a mí a quien quiero amar, ahora es a mí a quien quiero cuidar…Y él, ellos, que más da si van o vienen, casi mejor que vayan y no vengan tan a menudo.

Ahora, ahora es cuando no le amo ni él ni a ellos, es cuando más amor tengo y más enamorada me siento. La ataraxia, !quién me lo iba a decir!, de la que tanto hablaban los epicúreos y los estoicos, gracias a la cual se alcanza el equilibrio emocional, mediante la disminución de la intensidad de nuestras pasiones, y la fortaleza del alma frente a la adversidad… que traducido a mi amor por él o ellos, significaría “ya no me afecta”, o en el castellano más vulgar,  “a mí me resbala”.

Ya no voy a cambiar una vez más por nada. Ya no tengo nada más para él o para ellos, ahora solo tengo para mí, ahora me toca a mí. Nada cambiará mi amor por mí.

Autor: Rosa Maestro

Periodista, comunicadora, madre sin pareja con donante de esperma y por adopción internacional, fundadora de la web masola.org y autora de los cuentos infantiles #reproducciónasistida "Cloe quiere ser mamá..", "Nora y Zoe, dos mamás para un bebé" y "Lucía y e cofre mágico de la familia".

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