Mi historia

Mi nombre es Rosa y soy la fundadora de la Web, que en su día pensé en crear como apoyo a otras muchas mujeres que se encuentren en la misma tesitura que yo hace cinco años y que tomen la decisión que tomen, lo hagan con la seguridad de que eso es lo que quieren.

De siempre supe que deseaba ser madre, pero también de siempre supe que no quería que fuese algo inmediato. Antes estaban mis estudios, el trabajo, los viajes, la profesión. Con éstas me dieron los 38 años y con un importante historial de relaciones a mis espaldas, unas buenas y otras no tanto, como a todos los mortales. Rota mi última relación y tras varios años dándole vueltas a eso de la maternidad en solitario – ya me lo decía mi abuela que era muy sabia y adelantada para su tiempo: “hija tú vete a un sitio de esos y tráetelo puesto” – decidí un mes de octubre de 2002 quedarmeembarazada por IAD (Inseminación Artificial con un Donante) de mi primera hija, Alba. Estaba claro, el orden de los factores no altera el producto – que ahora pienso que por algo fue lo único que entendí de mis clases de matemáticas -.

Antes mujeres como yo tenían que recurrir a engañar a un hombre, en muchos casos pasar por la vicaría y en muchos otros por un divorcio. Yo creo que tener un hijo tiene que ser una decisión muy meditada, quizá en nuestros casos lo meditamos en exceso y que tiene que ser cuestión de dos; por eso mi ética me decía que no era de proceder engañar a un hombre – si luchamos por nuestros derechos, también tenemos que hacerlo por nuestras obligaciones -, pero esto corresponde a mi ética, que no pretende juzgar a nadie que haya decidido ser madre de la forma que sea. Evidentemente fue una cuestión de dos porque tanto el donante como yo estuvimos de acuerdo en ello.

Tuve suerte, mucha suerte, porque me quedé embarazada en el primer intento. También ayudó la tranquilidad, seguridad y convencimiento con el que acudí a la clínica. Nueve meses más tarde, Alba estaba en el mundo. Sinceramente, fue tanta la felicidad durante mi embarazo y mi maternidad que no eché en falta a nadie. Imagino que es porque se echa de menos lo que se tiene y desaparece, pero no lo que no se tiene. Y eso mismo pensé sobre mi hija, que no podría echar de menos a alguien que nunca tuvo. Sí, evidentemente y el tiempo me lo dirá, surgirán las incógnitas, la curiosidad… Aunque puede que no, porque también pensé que en mí surgiría esa curiosidad por saber del aspecto físico de su padre biológico, y sin embargo, a fecha de hoy no se ha manifestado ni el más mínima atisbo de ella.

En el día a día, por supuesto que un ingreso más en la familia sería importante y por supuesto, que la vida emocional sigue ahí. ¿Quién no quiere volver a vivir una bonita historia de amor, y hasta dos, y por qué no, si son tres en lo que nos queda, mejor que mejor? Pero tampoco hay que renunciar a ello, ni a una misma. Ser madre, sin pareja o con ella, no significa que los “otros” desaparezcan de la faz de la tierra. Tiene una ventaja, las relaciones se ven desde otro prisma, mucho más tranquilo, porque el reloj biológico ya no acecha y si el “otro” quiere o no, tiene o no hijos, deja de ser importante, y las historias de amor son, incluso si cabe, hasta mejores. Como todo en la vida, la maternidad en solitario por decisión propia no deja de ser una opción más de vida que conlleva sus pros y sus contras y que cada uno tiene que valorar acorde a sí mismo.

Cuando Alba nació hubo mucha gente que me dijo: ¡Qué valiente!. Y eso era algo que no entendía. ¿Por qué valiente? ¿Por tener un hijo? Entonces la inmensa mayoría de las mujeres tendrían que ser valientes por tener un hijo. Ah! ¿Por tenerlo sola? Si el mundo está repleto de mujeres que crían solas a sus hijos, y en esto me refiero tanto al Primer Mundo como al Tercer Mundo. ¿Por atreverme socialmente con una familia monoparental? Pero si desde que el mundo es mundo han existido las familias monoparentales, sobre todo cuando el hombre se marchaba a la guerra para poner a prueba su valor y lo que ponía a prueba era la paciencia y coraje de la mujer que terminaba sacando a toda una prole de hijos ella sola.

Con el tiempo lo entendí. Llevaban razón. Fue valiente, soy valiente. Pero lo soy porque he sido capaz de tener un deseo, de tener un sueño y luchar por él, luchar por conseguirlo, sin tener en cuenta lo que opinen los demás, porque como dice la canción, lo que opinen los demás está demás. De igual modo que son valientes las mujeres que por decisión propia deciden no tener hijos, haciendo caso omiso a eso de que “una mujer no se realiza sino tiene un hijo o que todas las mujeres tienen un instinto maternal”.

Yo, personalmente me siento privilegiada por estar segura de mi decisión, por no haberme arrepentido ni un solo instante de ello y sobre todo, por sentirme orgullosa – por qué no decirlo – de mí misma y de mi hija.

Y aquí estoy con mi preciosa hija. Una niña tan normal como la de cualquier otro modelo de familia, sea la tradicional, sea de una pareja de homosexuales, o sea como sea… Una niña que, claro, tiene sus problemas y sus confusiones y su lucha diaria por sobrevivir en una sociedad que tienen sus injusticias y que gracias a “no se qué” las va limando. Una niña como cualquier otra, ni mejor ni peor, como todos los niños.

Pero ahí no queda todo. Ahora, de igual modo y pese a lo que opinen los demás, espero que mi familia aumente pronto. Alba y yo nos encontramos  pendiente de que llegué su hermanita, que esta vez no nació de mí, pero sí nació para mí. Después de un largo recorrido de cuatro años en un proceso interminable de adopción como monoparental, desembarque un buen día en Marruecos, lista para emprender la kafala de la que hoy es mi preciosa segunda hija, Nabila. Una experiencia nueva, diferente pero con algo común a la anterior: la ilusión por volver a ser madre y el valor por intentar hacer realidad mis sueños.