Lo que dejamos de hacer cuando nos diagnostican infertilidad

Dejamos de vivir, de hacer nuestra vida diaria, de viajar, de salir…
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Dejas de sonreír

Yo dejé de ir al gimnasio

Yo iba a clases de baile y estaba tan desanimada que solo me apetecía llegar a casa y tumbarme en el sofá, distraerme con cualquier programa de televisión.

Algo de ti cambia para siempre. Cuando me diagnosticaron la infertilidad pensé que estaba la ciencia y que no tendría problemas, seguí feliz; pero a medida que pasaban los meses entendí que no todo era tan fácil y me han entrado los nervios por el desgaste económico y por qué no sé qué ocurrirá.

Dejas de salir, de hacer tu vida habitual

Fueron tres largos años de búsqueda y mil problemas por el camino. Pasé por tres etapas. En la primera me invadía la euforia absoluta pensando en que sería algo rápido y conseguiría mi sueño sin dificultad. En la segunda, comencé a impacientarme, me encerré en mi misma, no tenía muchas ganas de salir de casa porque estaba triste y sufría comparándome con otras mujeres que si lo lograban. Me angustiaba mi edad y el paso del tiempo.

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De pronto un día me descubrí dejando de ir al gimnasio (que me iba muy bien por mi espalda). Y llegó la tercera fase, en la que cambié el chip porque si seguía así no iba a conseguir nada bueno. Empecé a pensar en positivo y seguí mi lucha pero sin tanta presión sobre mi misma. Nadie te prepara cuando el camino es tan duro, por eso es importante contar con apoyo.

Yo tengo trabajo pero no a jornada completa. Estaba buscando pero pensé que igual no era lo mejor y dejé de hacerlo porque creí que algo nuevo para todos los problemas que podría tener, faltar a un trabajo nuevo por pruebas…

Yo igual, dejé de estudiar las oposiciones y siempre que puedo me voy a tomar el sol, porque el sol me ayuda muchísimo…

Lloré mucho, me sentí menos mujer, pequeña e insignificante. Esa etapa me duró un par de meses. Luego me quedé embarazada a la primera con un tratamiento y pensé que la vida me estaba recompensando, hasta que sufrí un aborto diferido. Ahora estoy sonriendo por mi estrellita. Guarachando por él, como dicen los cubanos. Y siendo muy feliz, porque la vida es muy corta y no todo es ser madre. Que yo lo sere´, ¿eh?, eso no lo dudo, pero por el camino me divierto y bailo. Bailo mucho y a todas las horas.

La mujer se abandona, no se arregla, ni se mira en el espejo

Dejé de arreglarme porque ya no me miraba ni en el espejo. Cada programación de viaje o salida tenía que ser estudiada por si caía en beta o finalmente iba bien y al final se anulaba. Los planes de futuro se bloqueaban.

Mi vida gira solo alrededor de ver un positivo. No encuentro motivación alguna para salir y mucho menos a ir a reuniones con amigos por si nos preguntan. Tengo pánico a la típica pregunta de: ¿Y el bebé para cuándo?

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A mi me diagnosticaron la infertilidad tan pronto que no varió en nada mi vida física. En cuanto al aspecto emocional me hundió por completo y soñaba noche y día con mis niñas, porque no sé por qué siempre supe que tendría una niña (luego vinieron mellizas), eso sí, a los 46 años, por lo que como comprenderéis no me quedan lágrimas que derramar. Ah! Y cada menstruación era un odio al mundo que solo nosotras entendemos.

¿Vivir? Me explico, vivir si que vives, pero toda tu vida gira en torno a ello, por lo que te pierdes muchas experiencias… del mismo modo que un día dejas de ir a tomar unas copas con tus amigos porque claro es mejor no beber porque aumenta las posibilidades, otro dejas de ir de viaje por si acaso estás embarazada o porque no debes malgastar el dinero… Y si, efectivamente dejas de vivir. 

Yo cuando empecé con esto rebosaba de alegría porque siempre había sido mi sueño, ser madre.  Pero tras los primeros negativos llegó la incertidumbre. Dejé de salir, dejé de reír, dejé de hacer planes a largo plazo. Mis planes se redujeron a buscar tratamientos para adelgazar todo lo que engordaba con los tratamientos y a mirar qué hacer para conseguir ser madre.

Un poco más tarde me marché con mi pareja a otra ciudad y no pude ni siquiera encontrar trabajo, tampoco cambiar el empadronamiento por si acaso me llamaban de la Seguridad Social y al estar en otra ciudad me obligaban a entrar de nuevo en otra lista de espera. Y en estas estoy, que ni siquiera puedo buscar trabajo alguno y viajando constantemente a mi ciudad de origen para continuar con los tratamientos.

La vida se para

Cuando comencé con esto mi vida se paró. Desde entonces solo he vivido con un propósito y siempre ha sido el mismo. Sé que debo cambiar ese pensamiento y lo haré, pero por ahora solo me queda seguir luchando. 

El mundo se me vino encima. LLoraba por cualquier rincón, y no paraba de repetirme el por qué a mí. Mi infertilidad es consecuencia de una enfermedad y si que he de decir que con el tiempo lo he aceptado, que tengo que vivir sin hijos como hasta ahora pero no se puede vivir con una enfermedad dolorosa como es la endometriosis.

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Yo, con endometriosis siento un dolor profundo cuando me cuentan historias de otras mujeres que se han hecho de todo, y nada, y que al rendirse se han quedado embarazadas de forma natural. Y yo pienso que a mí eso nunca me puede pasar porque el día que me rinda volveré a las pastillas o a lo que sea con tal de menguar los efectos.

Se deja el trabajo, te despiden y no se puede buscar otro

Yo era autónoma y vendí mi negocio porque estaba segura de que no iba a poder compaginar los tratamientos con el volumen y el ritmo de trabajo que tenía. Cambio mayor que ese no se si puede haber. El negocio, la verdad, es que funcionaba bastante bien, pero es que para mí era inasumible compaginar las dos cosas.

Pero a cambio he empezado a hacer otras cosas que no hacía, por ejemplo, Pilates, que me lo recomendaron para relajarme y para cuestiones de posturas corporales. También busco tiempo para mí misma, para pintar y para escribir, cosas con las que disfruto mucho.

Cuando salí de la operación a la que me tuvieron que someter me comentaron que me habían que tenido que extirpar las dos trompas. La alegría y el buen humor que he tenido siempre se acabó. Me he vuelto más pesimista y una persona amargada. Nunca veo el lado bueno de nada pero una cosa buena si ha tenido, me ha hecho más fuerte.

Abandoné mi carrera profesional (sigo trabajando pero un un sitio que me permite las mañanas libres para no tener que pedir tantos días de permiso y favores para poder acudir a consulta).

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Dejé de estudiar las oposiciones que me estaba preparando porque perdía horas y horas buscando y rebuscando información en Internet. La cabeza no me daba ni me da para otra cosa.

Hace años que no planeamos un viaje en condiciones, largo, a países exóticos, por miedo a estar en tratamiento. Y he perdido amistades a las que dejé de cuidar porque ellos sí lograron tener hijos y yo no, y no soportaba su felicidad. No lo hice a propósito, ni a malas, pero las relaciones con ellos se fueron enfriando.

Estaba trabajando a media jornada, por la mañana, que es cuando más necesitaban de mi persona, pero tenía que pedir días para ir a las consultas. Al principio me dijeron que sí, que no había problema alguno, pero al tiempo empezaron a quejarse de que faltase tanto, y empecé a tener problemas. Antes de empezar los tratamientos, la jefatura estaba muy contenta con mi trabajo y cada vez que se me acababa el contrato, no dudaban en renovarmelo.

LLegó el día en que no me lo renovaron porque había vuelto a tener un negativo e iniciaba nuevos tratamientos. Mis jefes me dijeron que no podían permitirse que yo faltase tantísimo. Ya no quise buscar otro trabajo. Solo trabajo días sueltos en trabajos esporádicos cuando no me toca tratamiento, mientras estoy en lista de espera para la siguiente FIV o en verano, que cierran el área de reproducción asistida.

La menstruación es dolor y sufrimiento

Nosotros no somos infértiles pero nos cuesta mucho quedarnos embarazados. Después de mucho tiempo buscando un embarazo y lograrlo, perdí a mi hija a los ocho meses de gestación porque se desprendió de la placenta. Sentí morirme y ya nada es lo mismo. Mi vida jamás será como la de antes. Ahora ya son tres años desde entonces y sin conseguir volver a embarazarme.

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Cada vez que me baja la regla, un nuevo sufrimiento y me harto de llorar y llorar. Veo a la gente que tiene hijos sin problemas y no dejo de preguntarme por qué yo no. Y aún así, cada día me levanto e intento seguir, esperando que algún día pueda ser…

Se deja de acudir a sitios ni relacionarse con embarazadas

Comencé a evitar a conocidas que se quedaban embarazadas. Me dolía como una puñalada enterarme de un nuevo embarazo.

Dejé de hablar con una prima mía porque en mi negativo me dijo que estaba embarazada de siete semanas y, egoístamente hablando, me sentó fatal. ¿Por qué ella sí y yo no?, ¡Qué duro es esto!

Dejé de bailar. Daba clases de danza del vientre y flamenco y aunque la primera de ellas dicen que está recomendada, tienes muchos movimientos con golpe de cabeza que me hacen dudar. Curiosamente cuando logré embarazarme, quise volver pero no pude por tener útero sensible.

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Evitaba ir a los centros comerciales en sábado por la tarde porque están llenos de mujeres embarazas y mujeres con carritos, y en aquel momento me parecía insufrible.

Mi caso es algo diferente. Comencé queriendo ser madre soltera y apareció la infertilidad. Esto hizo que cambiase hasta de amistades que decidieron no apoyarme en mi camino y en mi decisión. Dejé de salir, probé todo tipo de terapias y tratamientos y no gastaba para poder ahorrar en nada. Me quedé sola, en todos los sentidos. Pero me ha hecho más sensible y más fuerte.

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Lo que dejamos de hacer cuando nos diagnostican infertilidad
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Autor: Rosa Maestro

Periodista, comunicadora, madre sin pareja con donante de esperma y por adopción internacional, fundadora de la web masola.org y autora de los cuentos infantiles #reproducciónasistida "Cloe quiere ser mamá..", "Nora y Zoe, dos mamás para un bebé" y "Lucía y e cofre mágico de la familia".

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